miércoles, 23 de marzo de 2011

Violin



Tocas el violín.

Lo haces porque te transporta a paisajes nunca antes descriptos.

Tu mano recorre el mástil una y otra vez haciendo que las cuerdas de tripa se coordinen entre si dando al ambiente una sonoridad nunca antes escuchada.

Ese sonido penetra mis oídos, invade mi alma.

Nunca tuve forma de devolverte ese favor de viajar por los acordes a sectores de mi alma.

Tenias un problema de concentración y quise ayudarte.

Vestias un solero cortito.

Te rogué que tocaras.

Te paraste contra la pared, ubicaste el instrumento en tu hombro izquierdo.

Me arrodille frente a vos, deslice tu tanga por tus muslos.

Ya se empezaba a percibir un aroma especial, a placer.

A sexo.

Me arrodille frente a ti mientras empezaba a sonar una melodía que reconocí en los primeros acordes a Paganini.

Mis manos iban subiendo por tus piernas elevando apenas el vestido.

Tu Vesubio estaba recién por hacer erupciones de magma viscoso, quise probarlo.

Degustarlo en mi paladar y hasta querer acompañarlo con un champagne.

Daba pequeños mordiscos en tus muslos hasta llegar a tus labios.

Ya estaban abiertos, jugosos. Deseando que alguien se encargara de ellos.

Y a ello me dedique.

Fue el placer oral mas musicalizado que hemos tenido.

Y reconozco ademas, que tu capacidad de concentración es perfecta.


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